lunes, 14 de marzo de 2016

Sobre la experiencia de mirar una película y otros mitos relacionados: Ir solo al cine

Por razones que supongo económicas, de algún modo nos vendieron que al cine se debe ir acompañado. La salida al cine es un evento social, que se vincula además a una cena, o al menos un café, según el presupuesto, posterior a la película.

Algunos no entienden esta parte del "posterior" y encaran la charla de café en plena sala, como si estuvieran en el living de sus casas. Pero ese es otro tema.

Contrario a este postulado, la realidad es que en la mayoría de las oportunidades, la experiencia de mirar una película es tan personal, tan íntima como la de leer un libro.
Y es que a través del cine se cuentan historias, se muestran imágenes, que nos llegan y se relacionan con nosotros desde la historia de cada uno. Todos podemos coincidir en el tema que trata una determinada película, pero seguramente va a ser muy difícil que nos pongamos de acuerdo en cómo esa película afecta las emociones de cada uno. Porque cada uno tiene una personalidad, un pasado y un presente distinto a los demás. Y porque las buenas películas nos interpelan en esa intimidad, nos mueven, nos afectan. Pueden hacernos emocionar, llorar, de risa, de bronca, de dolor, de impotencia. 



Pueden generar cuestionamientos. Pueden sernos indiferentes. Pero todo depende de cada espectador. Todo es tan privado como esa línea invisible entre los ojos y la pantalla.
Y sin embargo, hay todo un esquema cultural que hace que quien va solo al cine se sienta poco menos que culpable. 
Lo reflejó Celeste Carballo en una canción: "y si alguna tarde/me voy sola al cine/es que no tengo/ a nadie que me mime". En otras palabras, para la mayoría alguien que va solo al cine es, cuando menos, patético.


Nada más falso. Nada más alejado de la experiencia de espectador real. Porque aunque vayamos acompañados a la sala, el filme nos habla única, directa e individualmente a cada unos de los que lo estamos mirando.

El colmo industrial de este postulado son los "love-seats", invento que la llegada de los complejos multisala trajo también a nuestro país. La cosa es que el brazo que separa las butacas se puede levantar, convirtiendo lo que originalmente eran dos asientos separados en una suerte de silloncito para abrazarse mientras se mira la película. Para parejas, claro, ni siquiera tu hijo chiquito pretende semejante cosa cuando mira a los Minions...



Más allá de que se vaya solo o acompañado, lo bueno es luego encontrar alguien con quien charlar sobre lo que se vio. Debatir, si se quiere, la película. Sobre todo si es de las buenas y te sigue dando vueltas y generando preguntas por mucho tiempo más del que duró la proyección en sí.



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